El "maleanteo" digital en la juventud peruana representa una compleja coreografía psíquica donde el crimen no es solo una transgresión, sino una máscara identitaria. En el Perú contemporáneo, la fascinación de los adolescentes por la estética delictiva —expresada en poses, jerga y exhibición de armas en redes sociales— demanda una mirada profunda que trascienda la simple alarma moral. Este fenómeno actúa como un espejo de las fracturas estructurales y emocionales de nuestra época.
A través de la psicología junguiana, este comportamiento se revela como la constelación de la sombra juvenil. Carl Jung definió la sombra en Las relaciones entre el Yo y el Inconsciente (1928) afirmando: "Nadie se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad". Al adoptar la estética del delincuente, el adolescente canaliza aquellos aspectos reprimidos, violentos o marginados de la psique que la sociedad formal rechaza, encontrando en el entorno digital un espacio de validación masiva.
Desde el psicoanálisis clásico, este fenómeno opera nítidamente mediante el mecanismo de defensa de la identificación con el agresor. Conceptualizado por Anna Freud en El Yo y los mecanismos de defensa (1936), este proceso explica cómo el sujeto, ante el temor a un entorno hostil y amenazante, asume las características del victimario para dominar su propia angustia. En un país expuesto a la criminalidad, el joven prefiere mimetizarse con la figura del criminal antes que ocupar el vulnerable lugar de la víctima.
Como señala Sigmund Freud en Más allá del principio del placer (1920), la psique humana está regida por fuerzas duales e irreconciliables. La fascinación por el peligro y la autodestrucción en el "maleanteo" evidencia la manifestación de la pulsión de muerte (Tánatos), la cual compite constantemente con la pulsión de vida (Eros). El adolescente desafía los límites de la conservación biológica buscando una descarga absoluta de tensión a través de conductas de alto riesgo.
Complementando esta visión, el psicoanalista contemporáneo Alfredo Edelstein, desde una rigurosa postura lacaniana en su obra El revés del psicoanálisis y sus seminarios clínicos, señala que los jóvenes están más cerca de la pulsión de muerte que de la vida. Bajo la óptica de Jacques Lacan en su Seminario 11, el adolescente se encuentra en una encrucijada estructural donde el corte con el Gran Otro original lo expone al vacío de la falta, empujándolo a bordear el goce mortífero a través de actos que desafían la Ley simbólica.
Por otro lado, si analizamos el fenómeno desde una postura estrictamente conductista, el panorama se desplaza hacia el aprendizaje vicario. B. F. Skinner, en Ciencia y conducta humana (1953), demostró que el comportamiento es moldeado y mantenido por sus consecuencias y por los estímulos del entorno. El joven imita activamente lo que observa en su ambiente, respondiendo a contingencias de reforzamiento que premian el estatus, el poder y la atención interpersonal.
Hoy en día, este ambiente no se limita al barrio físico, ya que el entorno primordial del adolescente es de naturaleza digital. Las redes sociales, Mass Media, YouTube, TikTok y la cinematografía actúan como cámaras de eco globales. El algoritmo opera como el mayor dispensador de reforzadores positivos de la historia humana, donde un "selfie maleante" recibe clics, comentarios y validación inmediata, consolidando una conducta inicialmente imitativa.
Dentro de este ecosistema digital, se ve alimentado el arquetipo del villano o el antihéroe. Jolande Jacobi, en La psicología de C. G. Jung (1940), explica cómo las imágenes arquetípicas adquieren formas específicas según el contexto cultural. El delincuente hiperestilizado de las series de streaming y los videoclips musicales se convierte en el molde contemporáneo del forajido, ofreciendo una narrativa de falsa autonomía y poder frente a la impotencia institucional.
Este proceso revela cómo el Zeitgeist, o el espíritu de los tiempos, provee estos arquetipos tal cual un vendedor de disfraces de Halloween para recrear un teatro alquímico social. La sociedad actual, saturada de cinismo y desencanto, provee disfraces identitarios de consumo rápido. El adolescente se coloca la máscara del criminal no necesariamente para delinquir en el mundo real, sino para escenificar una catarsis colectiva en el escenario virtual.
Para los jóvenes que viven en tiempos violentos, el "maleanteo" en redes funciona como un genuino camuflaje social. Mostrarse "fuertes", "fríos" o "valientes" a través de una pantalla es una estrategia de supervivencia psicológica para evitar ser aniquilados o seleccionados como blancos por los criminales reales de su entorno. Es la adopción biológica del mimetismo defensivo, trasladada a los códigos de la cultura internet.
De este modo, la postura del arquetipo del rebelde emerge del inconsciente colectivo al inconsciente individual como una respuesta estilo espejo de la descomposición que vivimos, pero a la cual nadie hace caso. Edward F. Edinger, en Ego y Arquetipo (1972), describe este brote arquetípico como una compensación psíquica necesaria cuando el orden consciente se ha vuelto estéril o corrupto. Es una emergencia cruda, muy al estilo anárquico del movimiento punk o metalero 2.0.
Es crucial comprender que esta dinámica de transgresión no es nueva. Si bien hoy los adolescentes se identifican con el criminal o el sicario mediático, en siglos pasados la juventud canalizaba esta misma necesidad de ruptura identificándose con figuras marginales proscritas por la religión oficial, tales como el satanista, el hereje o el nigromante. La esencia de la rebelión psicólogica permanece intacta; solo cambian sus ropajes históricos.
Si deconstruimos el "selfie maleante" y lo analizamos rigurosamente como una máscara social digital (la Persona junguiana), podemos intervenir terapéuticamente sobre él. Al visibilizar que dicha pose no es más que un cliché masificado y estandarizado por el mercado digital, se elimina de inmediato el valor de originalidad y la búsqueda de atención exclusiva que los jóvenes persiguen con desesperación, desmontando su atractivo rebelde.
Frente a la oscuridad de esta sombra constelada, cobra vigencia la profunda máxima teológica: "Al diablo se le vence con amor", frase acuñada históricamente por San Juan de la Cruz en sus tratados espirituales sobre el combate contra las tentaciones del alma. Desde una lectura psicológica, esto implica que las manifestaciones destructivas de la juventud no se erradican mediante la represión o el castigo punitivo, sino mediante la contención afectiva, el lazo social y el reconocimiento del sufrimiento subyacente.
En la actualidad, la Generación Z se encuentra profundamente influida por el factor geopolítico y la polarización sistémica. Esta realidad empuja a la psicología contemporánea a replantear sus fronteras epistemológicas tradicionales y a desarrollar teorías híbridas, combinando herramientas del psicoanálisis y del conductismo. A pesar de sus posturas teóricas históricamente irreconciliables, la urgencia de la problemática social exige un pragmatismo clínico centrado en la efectividad.
Desde una lectura analítica de la corporalidad, la violencia implícita en el "maleanteo" responde también a cuestiones fálicas mal integradas. La ostentación y el uso simbólico de armas de fuego no representan una maduración de la virilidad, sino una hipercompensación neurótica. André Green, en su célebre análisis de La madre muerta y sus estudios sobre el narcisismo, expone cómo la sobrevaloración del instrumento violento delata una profunda fragilidad interior y una falla en la investidura libidinosa.
Más allá del conflicto clásico derivado del Complejo de Edipo freudiano, lo que presenciamos en el "maleanteo" es la manifestación clínica del Complejo de Telémaco desde la sombra. A diferencia de Telémaco, que esperaba pacientemente el retorno de Ulises para restaurar el orden en Ítaca, el joven actual habita una total carencia del padre simbólico, traduciendo la ausencia de límites estables en una rabia ciega y una actuación violenta orientada a llenar ese vacío de autoridad.
Consumida sin una guía crítica o un marco de contención reflexivo, la música contemporánea —como ciertas vertientes del hip-hop, el reggaetón, el metal o el punk— junto a la industria del cine, se convierten en catalizadores de regresión psíquica. Cuando estos productos culturales no son bien digeridos, revelan el lado más histérico y uteral del ser humano, desatando pasiones primitivas, descontrol impulsivo y un desborde afectivo que anula la capacidad de simbolización del Yo.
El panorama, sin embargo, no debe abordarse desde el pánico moral o el alarmismo estéril. El verdadero desafío de las ciencias de la mente radica en ser lo suficientemente astutos como para sacar provecho de la energía psíquica desbordada y transmutarla, orientándola hacia fines constructivos. La fuerza vital depositada en la rebelión contiene la semilla de una poderosa renovación personal si se logra canalizar adecuadamente.
Como concluye magistralmente Carl Jung en su obra fundamental Psicología y Alquimia (1944): "La Gran Obra consiste en la transmutación del plomo de la experiencia burda en el oro del espíritu realizado". El "maleanteo" adolescente, despojado de su armadura delictiva, es un grito desesperado en busca de identidad, límites y sentido. Nuestra labor no es destruir el fuego de su juventud, sino proveer el contenedor alquímico necesario para transformar su Sombra en luz social.

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